El Tonto del Pueblo
“Señor Bauer: en Castilla no nos imponen los nuevos ricos; consideramos nuevos la riqueza y el poder que no daten de los Austrias”. Corpus Barga. “De soslayo. Paseos por Madrid”. 1922 En tiempo de los Austrias, los bufones vivían en palacio. La llegada de los Borbones los sacó fuera de los reales sitios y ahora deambulan por calles y plazas, encabezando procesiones y desfiles de diversa índole. Sólo cuando estos bufones recuperen el sitio que les corresponde se cerrará la herida abierta en nuestro país en 1702.


5 Comments:
Jóvenes,sugiero una recopilación en papel de las desventuras del Terrible Burgués¡
¿A que te refieres exactamente, Juarma, a recopilar que cosa?
¿A las viñetas de fluido infinito?
!
La España borbónica e hipermoderna de hoy de hoy se enfrenta básicamente a dos problemas:
1. Desintegrar a los tontos del pueblo. El método utilizado es lanzar contra ellos, mientras duermen en cajeros automáticos, a la juventud anómica; armada por el estado-empresa con móviles con cámara y botellas de combustible.
2. El perro negro. Esta es la siniestra herencia con la que la casa fantasma de los Austria sigue acobardando hoy a los Borbones. El perro dejó El Escorial hace siglos, actualmente deambula por una UCI del Hospital 12 de Octubre de Madrid, tal y como recoge el diario The Times en su edición del lunes, cinco de febrero de 2007.
Siempre arriba.
El “perro negro” de El Escorial
Fue una orden que aún hoy, cuatrocientos años más tarde, nadie puede o quiere comprender. Felipe II, el monarca en cuyo imperio no se ponía el sol, se debatía febril en su lecho mortuorio. Durante cincuenta y tres días, las bubas y pústulas se le habían reproducido por todo el cuerpo, convirtiéndolo en una especie de cadáver viviente que apenas mascullaba algunas palabras a su fiel consejero, el padre Sigüenza. Sabedor de que el momento final avanzaba de manera inexorable y casi sintiendo los pasos de la Parca rebotando en los largos pasillos de los aposentos reales, dio orden de que trasladasen algunos cuadros y los pusieran ante sus ojos en la austera pared vacía, que parecía haber sido calculada desde hacía tiempo y con precisión para aquel macabro menester. “¿No me han oído? ¡Traigan las pinturas de El Bosco!”, ordenaba.
Según narran cronistas oficiales de El Escorial, como Ricardo Sepúlveda, que bucearon en el siglo XIX en el material secreto relativo a la agonía de Felipe II, la obsesión y las alucinaciones ya se habían apoderado de la mente de su majestad. Mirando fijamente aquellas composiciones, entre las que destacaban La tabla de los siete pecados capitales, La extracción de la piedra de la locura o el mismísimo tríptico de El jardín de las delicias, parecía penetrar en una espiral maléfica que lo absorbía poco a poco, un túnel oscuro donde cobraban vida aquellos seres de pesadilla, aquellos emisarios de muerte con cuerpos híbridos de hombres y animales; aquellos rostros de demonios que nunca nadie se atrevió a pintar de un modo tan inquietante e hipnótico, provistos de una malignidad que daba la sensación de poder abandonar la superficie del cuadro y convertirse en onírica realidad.
“¿No comprende que el ‘perro negro’ es una invención del populacho inculto?” La arenga del padre Sigüenza, situado junto a la cama que aún se conserva en pleno corazón de ese templo mágico que es El Escorial, no causó efecto alguno. No sólo el monarca, sino todos y cada uno de los miembros de la comitiva real que hacían guardia en aquel desangelado lugar, habían oído hablar e incluso habían visto la temible figura de un perro famélico y etéreo que siempre vagaba por las inmediaciones antes de que se produjera alguna desgracia importante. Como un emisario del mal. Otros juraron haber visto la imagen de un niño quemado, avanzando solitario hasta evaporarse en cierto momento.
Y así, azotado por los temores más profundos, dejó de existir Felipe II una noche de septiembre de 1598 ante los cuadros que él mismo había perseguido durante años por toda Europa, pagándolos a precio de oro y desoyendo los consejos de su comité de expertos en arte. Hay quien asegura que el rey, recio defensor de la ortodoxia católica pero amante de la alquimia, la astrología y las ciencias ocultas, sabía muy bien lo que hacía.
Nosotros, y los historiadores que aún se interrogan por la presencia obsesiva de cuadros de un pintor herético en los aposentos del gran guardián de la fe, lo desconocemos por completo.
Más memorabilia borbónica aquí: http://cretinolandia.blogspot.com/2007/02/los-borbones-en-pelotas.html
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